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Unidad 16. Amor. Pareja

Unidad 16. Amor. Pareja

На этой странице вы найдете дополнительные текстовые, аудио и видео материалы по теме "Любовь. Семейные отношения".
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AUDICIÓN 1. Victor Manuel

Elige la variante correcta (basándose en el texto):      TEST on-line   


  1. Su interés por la música se despertó gracias
    a) al esfuerzo de los padres
    b) a una casualidad
    c) a la vocación
  2. Su primer instrumento fue
    a) una armónica
    b) una guitarra
    c) un violín
  3. Compuso su primera canción
    a) a los 12
    b) a los 9
    c) a los 8
  4. Le animó mucho un programa radiofónico porque
    a) emitían en directo
    b) comprendió que se podía ser cantante aun cantando mal
    c) no había censura
  5. Era fanático de Joselito
    a) vestía como él
    b) cantaba como él
    c) andaba como él
  6. No participó en el final de su primer concurso
    a) por no haber sido clasificado
    b) por un catarro
    c) por problemas con los estudios
  7. A los 17 años
    a) abandonó la carrera de futbolista
    b) volvió a Asturias
    c) se fue a Madrid
  8. Anularon el premio del Festival del Atlántico a la canción "El cobarde" porque
    a) así lo decidió el jurado
    b) lo mandaron hacer las Autoridades
    c) no la aceptó el público
  9. La familia
    a) lo apoyó
    b) lo censuró
    c) lo rechazó
  10. En 1971
    a) tuvo problemas con la censura
    b) hizo una gira por Galicia con Julio Iglesias
    c) hizo de telonero a Julio Iglesias
  11. Fue presentado a su futura esposa
    a) en un teatro
    b) en un avión
    c) en un hotel
  12. Son padres de dos hijos y llevan juntos cuarenta años porque
    a) se respetan el espacio personal
    b) tienen posturas rígidas
    c) comparten un secreto
  13. Tuvo problemas con la censura y veto en la televisión por sus ideas
    a) de extrema derecha
    b) comunistas
    c) militaristas
  14. Su espectáculo muy cuidado que recoge toda su experiencia musical se llama
    a) Tendré tu amor
    b) La historia de amor
    c) Vivir para cantarlo


VIDEO Canción de Victor Manuel SOLO PIENSO EN TI

TEXTOS

Tareas para los cuentos "La Gloria de los feos" por Rosa Montero y "La noche de los feos" por Mario Benedetti.

(vienen a continuación)
  1. Compara las dos historias partiendo de los siguientes criterios:
    a) los personajes
    b) el argumento
    c) el impacto psicológico
    d) los recursos literarios
  2. Imagínate la continuación de cada historia.
  3. ¿Son los conceptos de "belleza" y "fealdad" absolutos (objetivos) o relativos (subjetivos)?
  4. ¿Cómo el mundo te ayuda a que te hundas más en el hueco de la fealdad?
  5. Compara la actitud de los adultos y los niños ante este problema.
  6. ¿Cómo llega la aceptación de la fealdad(la suya propia o ajena)?
  7. ¿Existe una ley de atracción y repulsión entre los feos y los no feos?
  8. ¿No te parece que la sociedad se ha vuelto más tolerante con los feos que antes?
  9. ¿De dónde vienen y qué son los frikis y el frikismo?

Rosa Montero "La gloria de los feos"

Me fijé en Lupe y Lolo, hace ya muchos años, porque eran, sin lugar a dudas los raros del barrio. Hay niños que desde la cuna son distintos, y lo que es peor, saben y padecen su diferencia. Son esos críos que siempre se caen en los recreos; que andan como almas en pena, de grupo en grupo, mendigando un amigo. Basta con que el profesor los llame a la pizarra para que el resto de la clase se desternille, aunque en realidad no hay en ellos nada risible, más allá de su destino de víctimas y de su mansedumbre en aceptarlo.

Lupe y Lolo eran así: llevaban la estrella negra en la cabeza. Lupe era hija de la vecina del tercero, una señora pechugona y esférica. Na niña salió redonda desde chiquitita; era patizamba y, de la rodilla para abajo, las piernas se le escapaban cada una para un lado como las patas de un compás. No es que fuera gorda: es que estaba mal hecha, con un cuerpo que parecía un torpedo y la barbilla saliéndole directamente del esternón.

Pero lo peor, con todo, era algo de dentro; algo desolador e inacabado. Era guapa de cara: tenía los ojos grises y el pelo muy negro, la boca bien formada, la nariz correcta. Pero tenía la mirada cruda, y el rostro borrado por una expresión de perpetuo estupor. De pequeña la veía arrimarse a los corrillos de los otros niños: siempre fue grandona y les sacaba a todos la cabeza. Pero los demás críos parecían ignorar su presencia descomunal, su mirada vidriosa; seguían jugando sin prestarle atención, como si la niña no exisistiera. Al principio, Lupe corría detrás de ellos, patosa y torpona, intentando ser una más; pero, para cuando llegaba a los lugares, los demás ya se habían ido. Con los años la vi resignarse a su inexistencia. Se pasaba los días recorriendo sola la barriada, siempre al mismo paso y doblando las mismas esquinas, con esa determinación vacía e inútil con que los peces recorren una y otra vez sus estrechas peceras.

En cuanto a Lolo, vivía más lejos de mi casa, en otra calle. Me fijé en él porque un día los otros chicos le dejaron atado a una farola en los jardines de la plaza. Era en el mes de agosto, a las tres de la tarde. Hacía un calor infernal, la farola estaba al sol y el metal abrasaba. Desaté al niño, lloroso y moqueante; me ofrecí a acompañarle a casa y le pregunté que quién le había hecho eso. "No querían hacerlo", contestó entre hipos: "Es que se han olvidado". Y salió corriendo. Era un niño delgadísimo, con el pecho hundido y las piernas como dos palillos. Caminaba inclinado hacia delante, como si siempre soplara frente a él un ventarrón furioso, y era tan frágil que parecía que se iba a desbaratar en cualquier momento. Tenía el pelo tieso y pelirrojo, grandes narizotas, ojos de mucho susto. Un rostro como de careta de verbena, una cara de chiste. Por entonces debía de estar cumpliendo los diez años.

Poco después me enteré de su nombre, porque los demás niños le estaban llamando todo el rato. Así como Lupe era invisible, Lolo parecía ser omnipresente: los otros chicos no paraban de martirizarle, como si su aspecto de triste saltamontes despertara en los demás una suerte de ferocidad entomológica. Por cierto, una vez coincidieron en la plaza Lupe y Lolo: pero ni siquiera se miraron. Se repelieron entre sí, como apestados.

Pasaron los años y una tarde, era el primer día de calor de un mes de mayo, vi venir por la calle vacía a una criatura singular: era un  esmirriado muchacho de unos quince años con una camiseta de color verde fosforescente. Sus vaqueros, demasiado cortos, dejaban ver unos tobillos picudos y unas canillas flacas; pero lo peor era el pelo, una mata espesa rojiza y reseca, peinada con gomina, a los años cincuenta, como una inmensa ensaimada sobre el cráneo. No me costó trabajo reconocerle: era Lolo, aunque un Lolo crecido y transmutado en calamitoso adolescente. Seguía caminando inclinado hacia delante, aunque ahora parecía que era el peso de su pelo, de esa especie de platillo volante que coronaba su cabeza, lo que le mantenía desnivelado.

Y entonces la vi a ella. A Lupe. Venía por la misma acera, en dirección contraria. También ella había dado el estirón puberal en el pasado invierno. Le había crecido la misma pechuga que a su madre, de tal suerte que, como era cuellicorta, parecía llevar la cara en bandeja. Se había teñido su bonito pelo oscuro de un rubio violento, y se lo había cortado corto, así como a lo punky. Estaban los dos, en suma, francamente espantosos: habían florecido, conforme a sus destinos, como seres ridículos. Pero se los veía anhelantes y en pie de guerra. Lo demás, en fin, sucedió de manera inevitable. Iban ensimismados, y chocaron el uno contra el otro. Se miraron entonces como si se vieran por primera vez, y se enamoraron de inmediato. Fue un 11 de mayo y, aunque ustedes quizá no lo recuerden, cuando los ojos de Lolo y Lupe se encontraron tembló el mundo, los mares se agitaron, los cielos se llenaron de ardientes meteoros. Los feos y los tristes tienen también sus instantes gloriosos.  

Mario Benedetti "La noche de los feos"

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pasando?", le pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
 


VIDEO Les Luthiers "Pedrónala" (para que hagas una pausa y sonrías)
 

VIDEO La guía de la buena esposa